jueves, 16 de mayo de 2013

LA BIBLIA EN NUESTRO CONTEXTO DE HOY (Mateo 6:25-34;9:35-38) Si queremos definir qué es la Biblia, empezaríamos diciendo que es el registro de la Palabra viva de Dios el cual nos relata los hechos salvíficos de Dios a través de todos los tiempos, de su alianza con su pueblo, de su misericordia, de su amor desprendido por nosotros al enviar a su Hijo Jesucristo y de la salvación puesta a nuestro alcance por medio de su gracia divina. Sobre la Biblia podríamos seguir diciendo muchas otras cosas más; pero basta recordar lo que dice el salmista: “Lámpara es a mis pies tu palabra, Y lumbrera a mi camino” (Salmos 119:105); En los labios de Jesús decir: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39); “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Lucas 4:21); Finalmente Pablo sostiene que: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16-17). Para muchos la Biblia es la palabra de Dios desde la cual reflexionamos todo lo referente a nuestra salvación, encontrando en ella un Plan de Salvación el cual es puesto en práctica por la gracia misericordiosa de Dios para nuestra vida cotidiana. Para nosotros los metodistas compartimos con otros cristianos la convicción de que la Escritura es la fuente y el criterio primario de la doctrina cristiana. Mediante la Escritura, el Cristo vivo nos encuentra en la experiencia de la gracia redentora. Nos convencemos de que Jesucristo es la Palabra viva de Dios en nuestro medio en quien confiamos en la vida y en la muerte. Por otro lado, los autores bíblicos, iluminados por el Espíritu Santo, dan testimonio de que en Cristo el mundo es reconciliado con Dios. La Biblia nos da testimonio auténtico de la auto-revelación divina en la vida, muerte y resurrección de Jesucristo, así como en la obra divina de la creación, en el peregrinaje de Israel, y en la actividad continua del Espíritu Santo en la historia humana. Al abrir nuestras mentes y corazones a la Palabra de Dios mediante las palabras de seres humanos inspirados por el Espíritu Santo, la fe nace y se nutre, se profundiza nuestro entendimiento y las posibilidades de transformar el mundo se nos hacen evidentes. La Biblia es el canon sagrado del pueblo cristiano, formalmente reconocido como tal por los concilios ecuménicos históricos de la iglesia. Nuestras normas doctrinales identifican como canónicos treinta y nueve libros del Antiguo Testamento y los veintisiete del Nuevo Testamento. Nuestras normas afirman que la Biblia es la fuente de todo lo que es necesario y suficiente para la salvación (Artículos de Religión), y ha de ser recibida mediante el Espíritu Santo como la verdadera regla y guía de fe y práctica (Confesión de Fe). Propiamente leemos la Escritura en el seno de la comunidad creyente, informados por la tradición de esa comunidad. Interpretamos los textos particulares a la luz de su lugar en la Biblia como un todo. Nos ayuda la investigación erudita y la percepción personal, bajo la dirección del Espíritu Santo. Al trabajar con cada texto, tomamos en cuenta lo que hemos podido aprender respecto al contexto original y la intención de ese texto. En este entendimiento apelamos a los cuidadosos estudios históricos, literarios y textuales de los años recientes, que han enriquecido nuestro entendimiento de la Biblia. Mediante esta fiel lectura de las Escrituras podemos llegar a conocer la verdad del mensaje bíblico en lo que éste atañe a nuestras vidas y la vida del mundo. De este modo la Biblia sirve como base de nuestra fe y como el criterio básico mediante el cual medimos la verdad y fidelidad de cualquier interpretación de la fe. Aunque reconocemos la primacía de las Escrituras en la reflexión teológica, nuestros esfuerzos por entender su significado siempre involucran la tradición, la experiencia y la razón. Así como las Escrituras, éstos pueden volverse en vehículos creativos del Espíritu Santo al funcionar dentro de la iglesia. Los mismos avivan nuestra fe, abren nuestros ojos a la maravilla del amor divino, y aclaran nuestro entendimiento. La herencia wesleyana, que refleja sus orígenes en las peculiaridades católicas y reformadas del cristianismo inglés, nos conduce a un uso consciente de dichas fuentes al interpretar la Escritura, y al formular declaraciones de fe basadas en el testimonio bíblico. Estas fuentes son, conjuntamente con la Escritura, indispensables para nuestra tarea teológica. La relación íntima de la tradición, la experiencia y la razón aparece en la misma Biblia. La Escritura da testimonio de una variedad de diversas tradiciones, algunas de las cuales reflejan las tensiones de interpretación dentro de la primitiva herencia judeo-cristiana. Sin embargo, estas tradiciones se entretejen en la Biblia de modo que expresan la unidad fundamental de la revelación de Dios según los individuos la recibieron y experimentaron en la diversidad de sus propias vidas. Las comunidades de fe en desarrollo las juzgaron, por lo tanto, como un testimonio veraz de esa revelación. Al reconocer la interrelación y lo inseparable de las cuatro fuentes básicas del entendimiento teológico, seguimos un modelo que está presente en el mismo texto bíblico. Todo lo anterior, expresado en el Libro de la Disciplina, quedaría como algo meramente teórico sino lo contextualizamos en un quehacer o compromiso. Toda la Biblia nos habla de compromiso, de cambiar lo rutinario por algo diferente, procurar el bien común de todas las personas. De ahí que buscar el reino de Dios y su justicia es llegar a tener un nivel de compromiso con el prójimo. La revelación de Dios se expresa en nuestra historia, Él escucha el clamor de su pueblo sufriente, se encarna y realiza proezas para ejecutar sus propósito de redención. Esa redención no es solamente histórica, sino que es ahora también. Jesucristo no es tan sólo el Cristo histórico sino el Cristo encarnado en su pueblo. En América Latina los hechos salvíficos de Dios tienen sus antecedentes históricos descritos en la Biblia. No son simples relatos del pasado, son hechos que se interpretan desde una realidad concreta. Es el Dios que habla hoy y se revela en los acontecimientos cotidianos, desafiándonos a seguirle a través de Jesucristo. Desde ese punto de vista, la Biblia no sólo es la norma de nuestra fe sino la historia de la salvación, donde la injusticia, la violencia, la opresión y la maldad, son derrotados por el gran amor de Dios. Esta es la esperanza de los que sufren; la fuente de la fe y de la alegría de los oprimidos y de los marginados de la tierra. Hagamos pues de la Biblia nuestra verdadera lámpara y lumbrera para transitar el camino de santidad que Dios nos invita a caminar en estos tiempos de hoy. Amén.

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